lunes, 28 de noviembre de 2011

La clave está en el conocimiento

"Si atendemos a las publicaciones, la historia ha tratado peor a Mahoma, que fue tachado de tener nueve mujeres y casarse con una viuda rica mayor que él, que a Jesús; pero, claro, según ese mismo criterio, deberíamos concluir que Jesús no se comió un rosco". Con esta afirmación tan contundente y tan llena de humor, la arabista Dolors Bramón daba inicio la pasada semana a una pequeña intervención que abría las jornadas 'Islam aquí y ahora. Identidad y percepciones' en el Museo Marítimo de Barcelona.



Y es que la imagen del Islam está denostada en los medios hasta extremos insospechados. Hoy mismo publica El País: "El Supremo concede la nacionalidad a un musulmán rechazado por el CNI", mientras que El Mundo o 20 minutos optan por un titular menos capcioso: "El Supremo concede la nacionalidad a un marroquí en contra del CNI". Pero, ¿vamos a ver? ¿desde cuando ser musulmán es una nacionalidad? Con titulares como éste lo que se hace es confundir a la gente y sembrar el germen de la islamofobia.


La conclusión a la que se llegó tras las intervenciones es de sobra conocida por los musulmanes y de sobra ignorada por el resto, que no sólo no sabe sino que, en muchos casos, reconoce abiertamente que no quiere saber: el concepto de integración está ligado indisolublemente al asimilacionismo y la invisibilidad, a pesar de que el Islam no es una religión violenta ni peligrosa para quienes no la practican y conviven con ella.


Tal y como expuso en su intervención, la socióloga María Mercedes García, de ADMAC, "la exclusión genera guetos y pobreza y esa exclusión, en muchos casos, procede de la percepción de que la espiritualidad del Islam es un obstáculo para la convivencia; por ello, hay que fomentar la convivencia en una sociedad diversa y heterogénea".


Y es que el rechazo a lo diferente genera no sólo exclusión social sino también rechazo a la propia identidad cultural y religiosa y falta de autoestima; llegando a situaciones tan absurdas como la que describía en La Vanguardia el cineasta Santiago Ahuanojinou Zannou que, de pequeño, se frotaba la cara con leche porque no quería ser negro; o la de marroquíes que viven su fe a escondidas, renegando de ella en público, para ser socialmente aceptado.


"El conocimiento -decía otro de los ponentes- es la mejor forma de solucionar los conflictos" aunque, como para todo en la vida, hay que estar dispuesto a reconocer los errores y a abrir la mente a nuevas situaciones, aunque no siempre sean elegidas.

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