lunes, 7 de febrero de 2011

La revolución islámica



El mundo islámico, ese vasto territorio poblado de enemigos a los que no oímos pero sí miramos de reojo, continúa en pie de guerra. La población civil sigue saliendo a la calle para luchar por su libertad y por sus derechos. Mientras, en la vieja Europa, todo el mundo se revuelve inquieto y comienza sus maniobras de propaganda: "que nadie se congratule por la salida de Ben Alí de Túnez, que nadie espere una mejora si se va Mubarak de Egipto, los musulmanes caerán en manos de un enemigo mayor para todos: el fundamentalismo islámico, y entonces, todos nos echaremos a temblar". Ése es más o menos el mensaje y cala, vaya que sí. Ya lo dijo Joseph Goebbels: "una mentira repetida mil veces se convierte en verdad".
La mayor parte de los telespectadores no sabe de qué le hablan, nunca ha visitado esos países y ni tiene siquiera un mínimo conocimiento de la religión que profesan -"¿pero si dejas de ser cristiana ya no te enterrarán? porque los musulmanes y esa gente tiran los cadáveres por ahí"; me dijo una pariente- pero tienen bien claro quienes son los buenos y dónde están los malos. "Verás como sucederá lo mismo que en Irán, o lo que es peor, en Afganistán, esa gente no sabe gobernarse, llevan cuarenta años sometidos y no saben hacer otra cosa que obedecer, si se encargan ellos llegarán los islamistas y tendremos que salir todos corriendo porque a esos no les importa nada la vida de los demás". Ay..... ¿cómo hacerle entender a la gente que uno no puede creerse lo que la tele dice siempre? ¿cómo explicarles que ser creyente y practicante no te convierte ni en un cazurro ni en un terrorista? A veces me pregunto cómo es posible que no hayamos aprendido nada de los que emigraron a Alemania o Francia, de cómo les trataron como ciudadanos de segunda a pesar de llevar papeles; ni tampoco del terrorismo de ETA porque no todos los vascos matan; ni del franquismo porque tardamos en salir 40 años y la transición fue pacífica (pero es que debemos ser los más listos de la Tierra).
Esta semana estuve en Londres, hay más colores de piel en la ciudad que en el arcoiris y nadie parece percatarse de que está rodeado de personas de latitudes diferentes, de creencias diferentes, de razas que nada tienen que ver. Pero Inglaterra siempre será Inglaterra: políticamente correcta, exquisitamente distante y amablemente rapiñadora. Tal vez algún día alguien se de cuenta de que el flamenco, los toros, la siesta y todas esas cosas que hacen que España sea España para "el pueblo" no dejarán de existir aunque ya no seamos todos blancos, bajitos y morenos. Dejarán de existir sólo si "el pueblo" lo quiere así.

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