Aún recuerdo mi primer encuentro con una conversa. Era una mujer joven, delgada, locuaz y muy simpática que hablaba con un entusiasmo sorprendente del Islam. Recuerdo que aunque me pareció el tipo de persona con el que podría hacer buena amistad, muchas de las cosas que me explicaba me parecían como de otra galaxia. Como si, a pesar de hablar en el mismo idioma, no fuera capaz de comprender el significado de las palabras que utilizaba. Decía que el Islam era la ley que imperaba en su vida, de la que intentaba no salirse por difícil que resultara y que su mayor pena era ver que después de más de quince años, sus padres siguieran sin haberse convencido de que ésa era la única forma de ganar la vida eterna. Me hubiera reído ante estas afirmaciones de no ser porque su mirada, su discurso, transmitían la tristeza de quien dice algo plenamente consciente de la gravedad de lo que encierra. Recuerdo que pensé, "¿será cierto lo que dice? Aún en el caso de que me hiciera musulmana alguna vez, no creo que llegue nunca a sentir algo así". Supongo que me parecía una actitud demasiado "salvadora" para con los que me rodeaban, como si una cosa fuera una opción personal y otra bien distinta, querer exportarla a todos mis conocidos.
Pero ¡ay! una nunca deja de sorprenderse a sí misma y tres años después empiezo a ver en mi algunas de las actitudes de aquella fantástica mujer. En el Islam está bien claro: "No hay obligación en la religión", dice Dios en el Corán. No importa si se trata de un padre, un hijo, un marido.... nadie puede obligar a otro a convertirse al Islam por mucho que estés convencida de que es el único camino que nos hará evitar el infierno, si Dios quiere.
